Bautizados pero no convertidos

Bautizados pero no convertidos. Todavía muchas familias, por no decir la inmensa mayoría, piden a la Iglesia el sacramento del bautismo para sus hijos recién nacidos.

Casi todos por tradición, costumbre o más o menos convicción religiosa.

Pocos sabiendo realmente lo que significa este sacramento y a que se comprometen al pedirlo.

Lo más fácil es bautizar por mera costumbre o como pretexto para celebrar el nacimiento de un hijo y reunir a la familia, lo que, por otra parte es bueno.

Sin embargo, lo correcto es que aquellos padres y padrinos que piden el bautismo sean conscientes de la importancia que tiene este sacramento, al menos para una persona creyente.

No se trata de un rito de iniciación o de una ceremonia sin más.

El sacramento del bautismo es un don, un regalo de Dios que se nos ofrece a través de la Iglesia:

el regalo de la fe cristiana, de ser y crecer como hijos de Dios, de formar parte de la gran familia de los cristianos que constituimos la Iglesia.

Y como todo regalo, lo lógico es que se valore y se aprecie como tal.

De ahí el compromiso de los padres, de los padrinos y de la comunidad que acoge al niño que va a ser bautizado, de educarlo en la fe cristiana, en los valores del evangelio, en el conocimiento y seguimiento de Jesucristo.

Y educar en este caso es acompañar y acoger, transmitir la fe y testimoniarla con nuestro ejemplo.

Para lo cual hemos de estar “convertidos” – o en camino de conversión -, no sólo “bautizados”.

He aquí la importancia de una buena preparación.

Cuando hablamos de conversión solemos pensar en los no cristianos, los alejados, los indiferentes.

Pero en eso de la conversión estamos todos implicados, desde el Obispo de Roma al último de los creyentes.

La conversión es una tarea permanente de toda vida cristiana y de la Iglesia en su conjunto, siempre necesitada de purificación.

Probablemente son más los bautizados indiferentes o alejados, que los bautizados “convertidos”.

Importa notar que eso de la conversión termina necesariamente en el testimonio.

Sin testimonio no hay conversión plena.

¿Quién llega a los bautizados no convertidos?

Solo desde la amistad, la cercanía, la escucha y el respeto es posible llegar a los alejados.

Ahí está una de las tareas de los cristianos de “a pié”.

 

Bautizados pero no convertidosLuciano García Medeiros

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