Descendió a los infiernos

Descendió a los infiernos, es un artículo del Credo de los Apóstoles. En él proclamamos que Cristo «descendió a los infiernos».

¿Qué significa?

Este Credo, se refiere al descenso del alma de Cristo, ya separada del cuerpo por la muerte, al lugar que también se llama «sheol» o «hades”.

Jesús no bajó al infierno, no estuvo en el infierno.

Él bajó (con su alma unida a su divinidad) sólo a los lugares inferiores, a la morada de los muertos; descendió a la profundidad de la muerte (Mt 12, 40; Rm 10, 7; Ef 4, 9).

En este caso «infierno» no se refiere al lugar de los condenados sino que es «el lugar de espera de las almas de los justos de la era pre-cristiana».

Entre la multitud de justos allí esperando la salvación, estaba San José, los patriarcas y los profetas, como todos aquellos que murieron en paz con Dios.

Todos necesitaban, como nosotros, la salvación de Cristo para poder ir al cielo.

Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús “resucitó de entre los muertos» presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos.

Es el primer sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos.

Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos.

Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos.

Descendió a los infiernosLa Escritura llama infiernos, en plural, sheol o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios.

Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el «seno de Abraham».

«Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos”.

Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido.

«Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva…» (1 P 4, 6).

El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación.

Entendido así este artículo sería la última consecuencia de la Encarnación de Cristo, de su realísima humanidad, una humanidad como la nuestra, limitada y finita.

La solidaridad de Cristo con nuestra humanidad no tuvo nada de ideal y sí mucho de real.

 

Luciano García Medeiros

 

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