Desde aquella noche se llamó Salesianos

Desde aquella noche se llamó Salesianos a los que se propusieron y se propongan tal ejercicio.

Se acercaba la fiesta de San Francisco de Sales.

Don Bosco seguía insinuando en el ánimo de algunos de sus alumnos una vaga idea de congregación religiosa.

Convocó, pues, una reunión, en la que habló del gran bien que muchos juntos podrían hacer a los demás y particularmente a los niños.

Desde aquella noche se llamó SalesianosEl clérigo Rúa guardó memoria de ella en una crónica particular, que aún se conserva en los archivos.

«El 26 de enero de 1854, por la noche, nos reunimos en el aposento de don Bosco: el mismo don Bosco, Rocchietti, Artiglia, Cagliero y  Rúa; se nos propuso hacer, con la ayuda del Señor y de San Francisco de Sales, una experiencia de ejercicio práctico de caridad con el  prójimo, para llegar más tarde a una promesa y, después, si se veía posible y conveniente, convertirla en voto al Señor. Desde aquella noche se llamó Salesianos a los que se propusieron y se propongan tal ejercicio».

La propuesta impresionó mucho a aquellos buenos clérigos y halló eco en sus corazones, preparados por sus pláticas, en las que aunaba  a sus fines secretos los pensamientos que dirigía a los otros.

Desde aquella noche se llamó SalesianosPor lo general, exponía a su auditorio las verdades religiosas, sirviéndose de ejemplos de la historia eclesiástica y de la de los Papas.

Y para asegurarse de haber sido comprendido y excitar la  emulación, al terminar de hablar, solía preguntar a algunos de los oyentes, lo mismo internos que externos, qué reflexiones podían hacerse o qué enseñanzas sacar de aquellas narraciones.

Así conseguía que estuvieran muy atentos y aguzaba su inteligencia.

Recogía las diversas  respuestas y de ellas deducía las distintas enseñanzas que se podían alcanzar, las compendiaba en una máxima general y la aplicaba a la  vida de sus muchachos; de este modo juntaba instrucción y moral.

Era admirable la sencillez, el orden, la claridad, el afecto con que pintaba los vínculos fraternales de los antiguos cristianos y la unión  filial de los ministros del altar con el Sumo Pontífice y con sus Obispos, el esplendor de las virtudes de las primeras órdenes monásticas y las dificultades del apostolado y conversión de los pueblos.

A continuación preguntaba públicamente a uno de sus clérigos cuál había sido  la causa de tan saludables efectos, y llegaba a esta conclusión en medio de la atención general:

-La obediencia une, multiplica las fuerzas y, con la gracia de Dios, obra milagros.

De los sermones de don Bosco y de sus magníficos ejemplos, brotó y creció en muchos corazones el germen de la vocación religiosa o  sacerdotal, que se convirtió en gloria del Oratorio y de la Iglesia.

Después, procuró formarlos en la práctica de las virtudes necesarias a su estado, especialmente en el espíritu de humildad y de sacrificio.

 

MB, V, 20-21

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