Dios hizo todo lo posible para que me encontrara con Él

Dios hizo todo lo posible para que me encontrara con Él y lo consiguió.

Mi nombre es César, tengo 33 años y soy monje cisterciense.

Os voy a contar cómo el Señor ha ido obrando durante toda mi vida para que un día tomase la decisión de seguirle por este camino de la vida monástica.

Nací en Palencia, el quinto de cinco hermanos, y viví allí hasta los 18 años.

Estudié en el Colegio de los HH. Maristas, del que guardo un recuerdo imborrable de aquellos años.

Fui un chaval más, con su pandilla de amigos, que salía los fines de semana con el mismo plan que el resto de la gente. Nada nuevo.

Por otra parte, mi vida de fe se mantenía como algo propio de la familia, Misa los domingos y poco más.

La fe no era algo determinante en mi vida.

Cuando terminé el colegio, me fui a estudiar a Madrid.

Se me abre un mundo nuevo, con la posibilidad de hacer casi todo, para bien o para mal.

Vivía en un colegio mayor católico y estudiaba en una de las facultades más anticlericales.

Me movía en dos ambientes bien distintos que me hicieron ver las cosas con cierta distancia.

En cada ambiente la gente con su manera de pensar me enriquecía mucho (curiosamente, creo que aprendí más con la gente de la facultad…).

Por mi parte, nunca me comprometí con nada.

Los primeros años de universidad los viví de forma superficial, estudiando por estudiar… esperando que llegase el fin de semana.

No aproveché bien esos primeros años aunque iba pasando los exámenes.

Cuando estás en una ciudad donde puedes hacer de todo, donde tienes amigos con los que hacer de todo, en ese tiempo piensas que todo es casi genial, quitando algún choque con la realidad que la vida a veces te ofrece.

Esos golpes nunca me habían dado de cerca, hasta que llegó el momento.

Tuve que vivir la muerte de una de mis hermanas y entonces se abre el cuestionario de preguntas sobre la vida.

Es cierto que no abandoné la fe, tampoco di un paso para conocer más a Dios (si es que se le podía conocer, como yo pensaba en aquellos tiempos…).

Ese dolor que surge en el corazón, un desgarrón tan fuerte, supone un vacío interior que uno quiere llenar de alguna manera.

Y muchas veces uno lo quiere llenar sin darse cuenta de nada, ni siquiera del vacío que existe.

Después, con cierta distancia en el tiempo, uno entiende que determinadas decisiones que uno tomó eran para tapar ese agujero existencial.

En mi caso, empecé a ser un fanático de la música.

Todo el día con los cascos por la calle, en el bus, en el metro.

La música rock se convirtió en mi anestesia, vivía en un estado en el que me sentía a gusto y del que no quería salir.

Viajes, conciertos… todo lo que fuera buscando “no pensar”.

Y he aquí que Dios sabe por dónde llevarnos para salir a nuestro encuentro.

Dios hizo todo lo posible para que me encontrara con Él aunque en esa época Dios seguía siendo alguien lejano en mi vida.

A raíz de la música que escuchaba, comencé a darme cuenta de que la vida iba por otro lado de como yo había pensado.

Concretamente, al escuchar la música de Bruce Springsteen, veía en sus letras como un deseo de luchar por la vida, de que las cosas no siempre son lo que parecen, de aprender a tomar decisiones, de madurar.

Por supuesto, yo no veía la mano de Dios por ninguna parte en aquellos momentos. Pero el deseo que tiene Dios de encontrarse con nosotros es tal, que Él pone las circunstancias para que así sea.

Un día una compañera de clase (atea, por cierto), me presentó al capellán del campus universitario donde estudiaba.

Coincidí con él en el autobús varios días seguidos y ahí nació una bonita amistad.

Me habló de que en el campus había una capilla, que nunca me había interesado en buscar.

Cuando fui por allí, vi a gente como yo, universitarios que tenían su vida de estudiantes, y además, ¡Rezaban!

Empezó a descolocarme esto, ya que nunca había visto gente joven expresando su fe de forma tan natural.

Allí se proponía leer algún libro, alguna peregrinación, algún retiro…

Yo seguía con la misma actitud de no querer comprometerme con nada.

Aunque llegó un momento en el que me di cuenta de que me hacía bien ese ambiente.

Me sentía a gusto simplemente.

Me sentía a gusto con esa gente, comiendo en la cafetería, hablando, comentando algún libro, dando un paseo… así que comencé a acudir a las actividades que allí se proponían.

Me asombraba lo que veía.

Entendí que había un algo más que todavía no captaba pero que quería comprender.

La gente que me rodeaba era muy alegre, y su alegría tenía una origen común.

Dios empezó a tener más espacio en mi vida.

Ahora tenía momentos de oración personal a diario, participaba en la Eucaristía con más frecuencia. ¡Cuando me explicaron lo que era realmente la Eucaristía todo cambió!. De este modo la certeza de Dios iba calando en mí, y las preguntas sobre la vida seguían creciendo.

Cristo se convirtió en el amigo fiel, en el compañero diario de mi vida, en la Persona con la que quería estar, al menos un rato de cada día.

Y con ese anhelo, surgió la pregunta sobre qué querría Dios de mí.

Quise responderme a esa cuestión con sinceridad, porque sabía que hacer su plan en mi vida era lo mejor para mí.

Y la respuesta a esa pregunta no estaba lejos, estaba dentro de mí.Dios hizo todo lo posible para que me encontrara con El

Sencillamente dándome cuenta de los gustos y los deseos que iban surgiendo en mí, hallaría la respuesta.

Aunque uno siempre intenta “contarse milongas” y a veces no cuestionarse, las preguntas estaban ahí.

Era innegable que tenía un fuerte deseo de más oración, más relación personal con Cristo, más soledad… y entendí que la puerta de la vida monástica se abría delante de mí.

Nunca en la vida me había planteado esto.

Siempre negué la posibilidad de hacerme religioso.

Pero el deseo de Dios es más fuerte y, si lo dejas, Él te muestra la verdad que llevas dentro.

Por eso, después de unos años maravillosos viviendo la fe en Madrid, entré en un monasterio cisterciense.

Aquí llevo casi siete años.

Comencé una nueva vida donde todo se centra en celebrar el misterio de Dios. Celebrar que Dios está con nosotros, que Dios no deja nunca de estar.

Todo esto concretado en la jornada monástica, donde hay tiempo de oración  comunitaria, de oración personal, de trabajo y de lectura.

Todo ello en un ambiente de silencio y soledad que ayudan a que la relación personal con Cristo se viva conscientemente.

Mi idea de la religión mientras viví en Palencia y los primeros años en Madrid estaba marcada por una forma de actuar, de cumplir, de hacer esto o lo otro…

Cuando uno encuentra realmente a Cristo vivo, cuando encuentras que Dios tiene algo que ver con tu vida personal, aquí y ahora, entonces te das cuenta de la certeza de que el cristianismo no es otra cosa que un encuentro personal con Cristo.

Nada más ¡Y nada menos!

A partir de ahí, todo encaja.

Ya no hay que hacer cosas por cumplir.

Lo que hay es un deseo siempre creciente de Dios, de querer vivir la vida cerca de Él, donde uno esté.

Porque cuando uno se encuentra con el Señor, se va encontrando con uno mismo y caes en la cuenta de cómo Él siempre estaba a tu lado, aunque tú lo no sabías.

Alguna vez me han preguntado si merece la pena todo esto.

Y respondo que ¡Claro que merece la pena seguir a Cristo!

Porque no es una idea o un sentimiento.

“El misterio cristiano sólo puede entenderse experimentándolo, porque no es una idea sino un acontecimiento” (Mauro G. Lepori. Carta de Adviento-Navidad 2020)

Es un hecho que nos da una mirada nueva ante la realidad.

“La realidad, en su misteriosa irreductibilidad y complejidad, es portadora de un sentido de la existencia con sus luces y sombras (…) la fe da sentido a cada acontecimiento feliz o triste (Papa Francisco, Patris Corde).

Su Presencia lo cambia todo: convierte nuestra realidad cotidiana en una realidad nueva.

Si le damos espacio en nuestra vida, Él entra y lo llena todo de luz.

Dios hizo todo lo posible para que me encontrara con Él y ahora ya no puedo vivir sin Él.

 

César Mañueco Boto

 

One thought on “Dios hizo todo lo posible para que me encontrara con Él

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