El canto de los gorriones

El canto de los gorriones, decía el asunto del correo que recibí hace unos días.

Un correo inquietante y sorprendente con este contenido:

Señor M espero que perdone mi intromisión en su vida. Desde hace tiempo me complace leer sus artículos.

De alguna manera forma parte de mi vida. Me encuentro reflejado en algunas de sus historias.

Quiero contarle mi historia, una historia que no puedo guardar y necesito contarla.

Mi nombre es León Jaramillo Martínez. Nací hace un montón de años en Luarca.

Mis padres se trasladaron a Vigo cuando a mi padre le ofrecieron una ventajosa plaza en una sucursal bancaria de esa ciudad.

Mi padre era un experto en números y cuentas.

Enseguida me buscó plaza en el colegio salesiano y allí hice mis estudios.

Los años del colegio son un grato recuerdo.

Mis padres Me hacían saber continuamente que la ilusión de su vida es que yo fuera médico. A mi me horrorizaba la medicina.

Desde luego no encontré ánimo suficiente para desilusionar a mis progenitores y así pronto me vi matriculado en la Facultad de medicina de Santiago de Compostela.

Durante tres años engañé a mis padres sin aprobar una sola asignatura.

Cuando mi conciencia no soportaba más esta situación, un desgraciado accidente me dejó huérfano.

Mi madre tenía un hermano en Méjico que había hecho fortuna, el cual me conocía a través de la correspondencia que mantuvieron.

En el testamento mis padres lo habían nombrado tutor y administrador de mi herencia.

Mi tío me hizo saber que me correspondía una cuarta parte de su fortuna, como único heredero de su hermana.

Se presentó en Vigo, abrió una cuenta a mi nombre con una cantidad suficiente para mantenerme durante un año en la universidad.

Esa cantidad se renovaría cada año. Una vez que lo dejó todo bien atado para que no me faltase de nada se volvió a Méjico.

Desde entonces me he dedicado a vivir haciendo lo que me apetecía de verdad. Es decir, vivir sin más.

Durante una década mi vida transcurrió plácidamente, sin dedicarme a nada especial.

Aunque no permanecí ocioso. Estudié idiomas, aprendí a a tocar la flauta, Asistí a varios talleres de pintura. Caminaba al menos una hora cada día.

Llevaba siempre una libreta conmigo donde anotaba todo lo que me parecía interesante y lo ilustraba con dibujos que luego convertía en cuadros.

Disfrutaba plasmando en lienzos muy pequeños mis dibujos.

Con frecuencia subía al Castro, me sentaba frente al Monumento a los Galeones de Rande y contemplaba la ría, acompañado por el canto de los gorriones.

Tomaba notas en mi libreta y hasta me atreví a dibujar un gorrión. Disfrutaba de esos momentos apacibles, en paz.

Oyendo el canto de los gorriones pensaba que rompían el silencio pero no la paz.

Entonces llegaron los jardineros, con sus máquinas y en un segundo los gorriones levantaron el vuelo.

No les gustaba el ruido de las desbrozadoras y a mi tampoco.

Así que recogí mis bártulos y me alejé.

Anduve hasta la librería salesiana. Me gustaba detenerme en el escaparate y contemplar los libros.

No pocas veces compraba alguno.

Descendí por Taboada Leal hasta desembocar en la Ronda de Don Bosco.

Entre en la iglesia para hacerle una visita a María Auxiliadora.

Al salir contemplé con desaliento la nueva ubicación del monumento a Don Bosco, sin árboles ni flores, rodeado de piedra y cemento.

Entonces pensé en los gorriones.

El canto de los gorriones había desaparecido de la Ronda de Don Bosco.

Bajé las escaleras y vi a la anciana. Un abuelita con carita de rosa apoyada en su bastón.

Cuando me vio sonrió y dijo:

─ Tú también echas de menos el canto de los gorriones, ¿Verdad?

Su voz tenía un timbre claro, musical. Siguió hablando.

─ Cuando echamos fuera a los gorriones estamos cavando nuestra fosa.

Entonces sonreí. Le dije que a mi también me gustaban los gorriones.

─ Lo sé. Te he visto a veces, embelesado, escuchando sus trinos. Voy a tomarme una manzanilla ahí enfrente. Acompáñame y te contaré algo sobre los gorriones que te sorprenderá. Así me ayudas a cruzar la calle.

Sin más se enganchó a mi brazo y nos fuimos a la cafetería. Me recordaba a la inolvidable Jane Darwell interpretando a “Bird women” en la famosa escena de Mary Poppins “feed the birds”.

La conversación que mantuve luego con ella fue la experiencia más sorprendente de mi vida.

 

La vida es la vida. Soy gracias a tiJesús Muñiz González

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