En donde está el amor allí está Dios

En donde está el amor allí está Dios, es un cuento de Navidad de León Tolstoi en 1885.

Se trata de una revisión de la historia “Le pére Martín” escrita por el pastor protestante francés Ruben Saillens (1855-1942) y publicado en 1881 en Toulouse.

El maestro ruso leyó una traducción en ruso, que no mencionó al autor, entonces reelaboró y amplió la historia en Rusia.

En 1886 el cuento se incluyó en un volumen publicado en Moscú por Posrednik junto con otros ocho, todos firmados por León Tolstoi.

El volumen se tradujo el mismo año en francés y poco después León Tolstoi recibió una carta de Ruben Saillens, quien lo acusó de plagio y le pidió explicaciones. León Tolstoi respondió inmediatamente a Ruben Saillens, disculpándose por un error involuntario: no sabía de quién era el texto original.

Sin embargo, es una bonita historia, para leer en Navidad y en cualquier tiempo.

Yo os la presentó tal cual dividida en varias partes para degustarla más despacio.

La primera parte se podría titular así:

El zapatero Martín Avdieitch.

Vivía en la ciudad un zapatero llamado Martín Avdieitch, que habitaba en un sótano, una pieza alumbrada por una ventana.

Esta ventana daba a la calle, y por ella se veía pasar la gente.

Aunque sólo se distinguían los pies de los transeúntes, Martín conocía por el calzado a cuantos cruzaban por allí.

Viejo y acreditado en su oficio, era raro que hubiese en la ciudad un par de zapatos que no pasara una o dos veces por su casa, ya para remendarlos con disimuladas piezas, ya para ponerles medias suelas o nuevos tubos.

Por esa razón veía con mucha frecuencia, a través de la ventana, la obra de sus manos.

Martín tenía siempre encargos de sobra, porque trabajaba con limpieza, sus materiales eran buenos, no cobraba caro y entregaba la labor confiada a su habilidad el día convenido.

Por esa razón era estimado de todos y jamás faltó el trabajo en su taller.

En todas las ocasiones demostró Martín ser un buen hombre.

Al acercarse a la vejez, comenzó a pensar más que nunca en su alma y en aproximarse a Dios.

Cuando aún trabajaba en casa de un patrón, murió su esposa dejándole un hijo de tres años.

De los que antes Dios le enviara todos habían muerto.

Al verse solo con su hijito pensó al pronto en enviarle al campo a casa de su hermano, pero se dijo:

─Va a serle muy duro a mi Kapitochka vivir entre extraños; así, pues, quedará conmigo.

Avdieitch se despidió de su patrón y se estableció por su cuenta, teniendo consigo al pequeñuelo.

Pero Dios no bendijo en sus hijos a Martín, y cuando el último comenzaba a crecer y a ayudar a su padre, cayó enfermo y al cabo de una semana sucumbió.

Martín enterró a su hijo, y aquella pérdida labró tan hondo en su corazón, que llegó a murmurar de la justicia divina.

Se sentía tan desgraciado que con frecuencia pedía al Señor que le quitase la vida, reprochándole no haberle llevado a él, que era viejo, en lugar de su hijo único tan adorado.

Hasta cesó de frecuentar la iglesia.

Pero he aquí que un día, hacia la Pascua de Pentecostés, llegó a casa de Avdieitch, un paisano suyo, que desde hacía ocho años recorría el mundo como peregrino.

Hablaron, y Martín se quejó amargamente de sus desgracias.

─He perdido el deseo de vivir, decía; sólo pido la muerte, y es todo lo que imploro de Dios, no tengo ilusión ninguna en la vida.

El viejo le respondió:

─Haces mal de hablar de esa manera, Martín.

No debe el hombre juzgar lo que Dios ha hecho, porque sus móviles están muy por encima de nuestra inteligencia.

Él ha decidido que tu hijo muriese y que tú vivas, luego debe ser así, y tu desesperación viene de que quieres vivir para ti, para tu propia felicidad.

─ ¿Y para qué se vive, sino para eso?, ─preguntó Avdieitch.

─Hay que vivir por Dios y para Dios, ─repuso el viejo. ─Él es quien da la vida y para Él debes vivir.

Cuando comiences a vivir para Él no tendrás penas y todo lo sufrirás pacientemente.En donde está el amor allí está Dios

Martín guardó silencio un instante, y después replicó:

─¿Y cómo se vive para Dios?

─Cristo lo ha dicho. ¿Sabes leer? Pues compra el Evangelio y allí lo aprenderás.

Ya verás cómo en el Libro Santo encuentras respuesta a todo cuanto preguntes.

Estas palabras hallaron eco en el corazón de Martín, quien fue aquel mismo día a comprar un Nuevo Testamento, impreso en gruesos caracteres y se puso a leerlo.

El zapatero se proponía leer solamente en los días festivos.

Pero una vez que hubo comenzado, sintió en el alma tal consuelo, que adquirió la costumbre de leer todos los días algunas páginas.

A veces se enfrascaba de tal modo en la lectura, que se consumía todo el petróleo de la lámpara sin que se decidiera a dejar el Libro Santo de la mano.

Así, pues, leía en él todas las noches.

Hasta aquí la primera parte de En donde está el amor allí está Dios.

(Continuará)

León Tolstoi

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