Hablar con los gorriones

Hablar con los gorriones era el pensamiento que bombardeaba mi cerebro mientras terminaba el té.

La anciana me miraba con una sonrisa de hada buena.

Subimos lentamente hacia el Castro. Alba caminaba despacio, con muchas pausas para recuperar el aliento.

Por ese motivo la subida la hicimos en silencio.

Al fin llegamos al mismo lugar donde había estado antes. Ya no estaban los obreros.

Nos sentamos, y Alba poco a poco se recuperó de la subida.

Entonces me habló en un susurro.

─ Los gorriones están ahí. Dentro de un momento serás testigo de algo extraordinario.

Ahora los pajarillos revoloteaban de un árbol a otro y me pareció que se iban concentrando en el que justamente nos daba sombra.

Enseguida Alba me hizo un gesto con la mano para que permaneciera en silencio.

Los gorriones no cesaban en su canto alegre. Volaban de un lado a otro y me pareció que con cierto orden.

─ Hola, hola, amigos. Hoy no vengo sola, no vengo sola. Un amigo está conmigo. Es un amigo. Está conmigo.

Mientras hablaba la anciana, los gorriones hicieron silencio, aunque sin dejar su vuelo de un lado a otro.

Alba siguió hablando. En el vuelo silencioso de los gorriones me pareció que escuchaban atentamente.

─ Me gusta estar aquí con amigo. El también quiere conoceros. También quiere hablar. Tiene que aprender. ¿Quién de vosotros se acerca para hablar?

Entonces los gorriones volvieron a cantar con gran bullicio.

Alba me iba diciendo lo que decían con su canto.

─ Ellos también me saludan. Me dicen hola. Escucha. Es un sonido muy repetido. Son como tres notas que se repitan muy rápido y luego una ligera pausa. Escucha.

Estuve muy atento. Me pareció algo parecido a un silbidito vibrante, repetidas, a intervalos de tres en tres.

En ese momento un gorrión se posó en la mano de Alba y mirándola fijamente con sus diminutos ojillos cantó desaforadamente en su cara.

Ella escuchó muy atenta y luego soltó una carcajada.

La miré interrogándola con los ojos.

─ Ella me dice que le gusta tu mirada, que es dulce, y que eres un ser humano muy guapo. ¡Has ligado!

Y volvió a reírse de buena gana y al mismo tiempo todos los gorriones alborotaron con mucho entusiasmo.

Varios gorriones más se posaron en la anciana. Ella los acariciaba muy suavemente al tiempo que les seguía hablado con dulzura.

─ Mi amigo quiere aprender a hablar con vosotros. Quiere aprender. También quiere ser vuestro amigo. Si le ayudáis aprenderá pronto.

Aunque no entendía su canto, me di cuenta que aceptaban lo que se les pedía.

Yo no salía de mi asombro, y me parecía estar soñando.

¿Era verdad que una persona estuviera hablando con los gorriones?

Ellos, como si adivinaran mis pensamientos, se posaron en mis manos, en los brazos, en las piernas, en la cabeza.

Y me di cuenta que todos repetían el mismo canto. No hizo falta que Alba me tradujera su canto. Decían una y otra vez: ¡Hola, amigo!

Me parecía un sueño.

¿Sería posible que pudiera hablar con los gorriones?

Alba hablaba con ellos. Pero ella era una experta. Y lo había conseguido tras años de estudio, de esfuerzos, de un gran trabajo.

Yo no sabía nada de los gorriones. No era posible.

Los pajarillos seguían revoloteando, se posaban en Alba, en mí, iban de mi a ella y de ella a mí.

Y no paraban de cantar. Como si fuera un canto de fiesta.

─ Están felices. Les gusta que seas su amigo. A ellos les gustaría que todos fueran sus amigos.

La verdad es que me sentía bien. Los gorriones me habían conquistado.

Y yo también comencé a acariciarlos y ellos cerraban los ojitos de placer.

El tiempo se fue volando y Alba me dijo que tenía que marchar.

Me brindé a acompañarla.

Nos despedimos de los gorriones que nos acompañaron un trecho del camino.

Alba vivía en la avenida de las Camelias, en el número 20. Ella vivía con una sobrina que se preocupaba si se retrasaba.

Me invitó a cenar. Argumentó que tenía que explicarme algunas cosas de mi aprendizaje para hablar con los gorriones.

No pude resistirme. Alba tenía un poder de seducción irresistible. Al fin y al cabo a mi nadie me esperaba en casa.

Ella vivía en el quinto. Abrió la puerta y al momento acudió su sobrina.

Enseguida nos presentó Alba, indicándole que me había invitado a cenar.

Se llamaba Alicia y al primer momento me pareció que el nombre le venía a la medida, pues enseguida pensé en la protagonista del cuento de Lewis Carroll.

Enseguida se disculpó pues tenía que terminar de hacer la cena y nos dejó solos a su tía y a mi en el salón.

Allí Alba me explicó que no me sería difícil hablar con los gorriones. Yo le expuse la gran dificultad que iba a suponer para mí, dada mi ignorancia de la especie.

─ Tú dispones de una ventaja estupenda. Ellos entienden nuestro lenguaje. Y te enseñaran como interpretan con su canto nuestras frases.

El optimismo de aquella mujer y su entusiasmo me superaban. Aunque en esos momentos no pensaba mucho en los gorriones.

 

Hablar con los gorrionesJesús Muñiz González

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