Jueves 24 de julio de 2008

Jueves 24 de julio de 2008, dos días antes de emprender el camino.

Aunque empezaré a caminar el sábado, me voy a Santiago el jueves porque tengo que representar a la Fundación Lusekelo en un encuentro al que nos ha invitado el presidente de la Xunta en su residencia oficial.

Por eso me voy temprano a la estación de tren para tomar el de las nueve que me dejará en Santiago a las diez y media.

Desde la estación ya tengo que cargar con la mochila.

Tengo suerte y enseguida consigo un hotel en el que reservo habitación para el viernes, uno de agosto, en que espero estar de vuelta.

Así podré dejar la ropa que llevo para la recepción del presidente y no cargar más peso en la mochila.

Tras una ducha me voy caminando hasta la catedral.

Hay mucha gente y el sol comienza a pesar. Desde ahí me dirijo a mi destino.

Pasan diez minutos de las doce y tardo algo más de veinte minutos en llegar.

En tres mesas, unas azafatas identifican a los asistentes.

Nos entregan una especie de postal con una poesía, un cartel con el nombre de la asociación, una pinza para llevarlo al cuello y una flor silvestre de color lila.

Una voz femenina dice mi nombre. Es una cara conocida aunque no recuerdo su nombre.

Me uno al grupito que forman ella y sus amigos. Luego veo a otro conocido.

Los camareros van de aquí para allá con vasos de agua en las bandejas.

Caen cuatro gotas y nos entregan un paraguas para cada cuatro.

Es algo más de la una y media cuando llega el presidente. Tras saludar a los más cercanos, se organiza una procesión algo desordenada, dando la vuelta a la finca, hasta una pequeña colina, en cuya cima, un cuarteto musical le da cierta solemnidad al encuentro.

Una vez reunidos, a mitad de camino entre la cima y nosotros, una muchacha, vestida con una túnica blanca,  recita la poesía que figura en la postal que nos dieron en la entrada.Jueves 24 de julio de 2008

Lo que sigue es el discurso del presidente, uno de esos en que abundan las buenas palabras, muy político.

Tras los aplausos, junto al cuarteto, otra joven canta el himno gallego.

Pasan de las dos y media cuando hacemos el camino de vuelta para concentrarnos en un patio, donde varias mesas, con aperitivos sobre láminas de pizarra, a modo de bandejas, nos esperan.

Los camareros circulan con otras bandejas surtidas con toda clase de bebidas.

Lo que más me apetece, con este calor, es una cerveza bien fría. Y la verdad es que también apetece darle gusto a ese gusanillo que te muerde en el estómago.

Tras quince o veinte minutos de manos sobre las mesas y un ir y venir de copas vacías y llenas, comienza a oírse el murmullo de las conversaciones.

Picando aquí y allá, me reúno con varios grupos, interesándome por las actividades que desarrollan.

Es una pena que la convivencia entre los asistentes sea tan breve, porque resultaría mucho más interesante compartir experiencias y dificultades entre los que representamos organizaciones que tratan de resolver algunos de los problemas que aqueja nuestro planeta.

Seria interesante organizar algún otro encuentro, promovido desde las bases, sin interferencias, para que sea más fructífera la convivencia de los interesados.

Cuando salgo de allí son más de las cuatro y me voy derechito al hotel para descansar un rato, pues fueron bastantes las horas a pie.

Con el estómago lleno, y las cervecitas pululando por mis circuitos sanguíneos, me entra un soporcillo que me tiene horizontal hasta las seis.

A esa hora llueve, así que provisto de chubasquero me voy a la estación de autobuses.

Quiero enterarme bien de los horarios y las opciones para ir a O Cebreiro.

Sale uno especial a las dos y cuarto de la tarde. Compro el billete y me regreso al centro.

Las calles rebosan de gente, al ser la víspera de Santiago.

En la catedral, sin embargo, no hay mucha gente. Se puede visitar la tumba del apóstol con tranquilidad.

El ambiente es apacible, transmite paz y uno tiene la sensación de que aún siendo tan grande es acogedor.

Paseo un rato por las calles buscando un sitio tranquilo para cenar, tarea imposible esta noche.

Al fin encuentro uno medianamente silencioso y ahí puedo tomar algo ligero.

Al terminar me acerco a la plaza del Obradoiro para ver los fuegos, pero no puedo llegar, un gentío compacto me lo impide y allí me quedo incrustado en el hervidero humano.

Y ya no puedo salir hasta que termina todo, es imposible moverse hacia un lado u otro.

La verdad es que estoy cansado, aunque quizá sea una fatiga nerviosa, esperando que llegue el momento de emprender la marcha.

Vuelvo al hotel, busco la penumbra de la habitación y trato de no angustiarme sobre la cama, esperando que pueda conciliar el sueño con el tremendo ruido tan cercano de la verbena de este jueves 24 de julio de 2008 en Santiago.

 

JesúsJesús Muñiz González

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