La forastera

La forastera es la cuarta parte del cuento En dónde está el amor allí está Dios.

He aquí que, frente a la ventana, aparece una mujer con medias de lana y zapatos de campesina y se arrima a la pared.

Martín, inclinándose, mira a través de los cristales y ve a una forastera con un niño en los brazos apoyada en el muro y volviendo la espalda al viento.

Trataba de abrigar a su niño, sin lograrlo, porque nada tenía para envolverlo.La forastera

Aquella mujer a pesar del frío que reinaba, llevaba un traje de verano en bastante mal estado.

Martín, desde la ventana, oyó al niño llorar y a su madre querer tranquilizarle, pero sin lograrlo.

Se levantó, abrió la puerta, salió y gritó en la escalera:

—¡Eh, buena mujer! ¡Eh, buena mujer!

La forastera le oyó y se volvió hacia él.

—¿Por qué te quedas a la intemperie con tu hijo? Ven a mi cuarto y podrás cuidarle mejor… ¡Por aquí, por aquí!

La mujer, sorprendida, ve a un viejo con un mandil y unas gafas que le hace señas de que se aproxime, y obedece.

Baja la escalera y penetra en la habitación.

—Ven acá —dijo el anciano— y siéntate junto a la estufa.

Caliéntate y da de mamar al pequeño.

—Es que ya no tengo leche —respondió la mujer—. Es más, desde esta mañana no he probado alimento.

Y, sin embargo, la mujer dio el pecho a su pequeñuelo. Martín volvió la cabeza, se acercó a la mesa, tomó pan, un tazón, abrió la estufa, en donde hervía la sopa, y sacó un cucharón lleno de kacha.

Como los granos aún no habían cocido lo necesario, vertió solamente la sopa en el tazón y colocó éste sobre la mesa.

Cortó el pan, extendió una servilleta y puso un cubierto.

—Siéntate —le dijo— y come, buena mujer. En tanto yo tendré a tu hijo. He sido padre y sé cuidar a los pequeñuelos.

La mujer hizo la señal de la cruz, se puso a la mesa y comió mientras Martín, sentado en su lecho con el niño en brazos, le besaba para tranquilizarle.

La forasteraComo la criatura seguía llorando a pesar de todo, Martín discurrió amenazarle con el dedo que aproximaba y alejaba alternativamente de los labios del niño, pero sin tocarle, porque su mano estaba ennegrecida por la pez.

El pequeño mirando aquello que se movía cerca de su rostro, cesó de gritar y hasta comenzó a reír con gran contento del zapatero.

Mientras restauraba sus fuerzas, la forastera contó quién era y de dónde venía.

—Yo —dijo— soy esposa de un soldado.

Hace ocho meses que han hecho partir a mi marido y no tengo noticias de él.

Vivía de mi empleo de cocinera cuando di a luz.

A causa del niño no me quisieron tener en ninguna parte y hace tres meses que estoy sin colocación.

En este tiempo he gastado cuanto tenía, me he ofrecido como nodriza y no me han admitido, diciendo que estoy muy delgada.

Entonces he ido a casa de una tendera, donde está colocada nuestra hija mayor, y allí han ofrecido colocarme.

Creí que iban a tomarme inmediatamente; pero me han dicho que vuelva la semana entrante…

La tendera vive muy lejos, estoy extenuada y mi pobre pequeño también.

Por fortuna mi patrona ha tenido compasión de nosotros y nos deja, por amor de Dios, dormir en su casa.

Si no, yo no sé qué sería de mi hijo y de mí.

Martín suspiró, y dijo:

—¿Y no tienes vestidos de abrigo?

—No. Ayer empeñé por 20 kopeks mi último mantón.

La mujer se acercó al lecho y cogió al niño.

Martín se levantó, y, acercándose a la pared, buscó y halló un viejo caftán.

—¡Toma! —le dijo— es malo, pero siempre servirá para cubrirte.

La forastera miró el caftán, miró al viejo, tomó la prenda y rompió a llorar.

Martín volvió el rostro no menos conmovido.

Luego fue hacia su cama, y sacó de debajo un cofrecito; lo abrió, extrajo algo de él y volvió a sentarse enfrente de la pobre mujer.

Esta dijo:

—¡Dios te lo premie, buen hombre! Él, sin duda, me ha traído junto a tu ventana. Sin eso el niño se hubiera helado.

Cuando salí hacía calor y ahora ¡qué frío!

¡Qué buena idea te ha inspirado Dios de asomarte a la ventana y tener compasión de nosotros!

Martín sonrió:

—Él ha sido, en efecto, quien me ha inspirado esa idea — dijo—. No miré casualmente por la ventana.

Y contó su sueño a la mujer, diciéndole cómo había oído una voz y cómo el Señor le prometiera venir a su casa aquel mismo día.

—Todo puede ocurrir —repuso la mujer que se levantó, tomó el viejo mantón, envolvió en él al niño, se inclinó y dio las gracias al zapatero.

—Toma en nombre de Dios —dijo éste deslizándole en la mano una moneda de 20 kopeks—, toma esto para desempeñar tu mantón.

La mujer se santiguó: Martín hizo lo propio y luego la acompañó hasta la puerta.

Se fue la forastera.

Después de haber comido la sopa, Martín se volvió a poner a su faena.

Mientras manejaba la lezna no perdía de vista la ventana, y cada vez que una sombra se perfilaba, levantaba los ojos para examinar al transeúnte.

Pasaban unos que conocía y otros desconocidos; pero éstos nada ofrecían de particular.

 

(Continuará)

La forastera
León Tolstoi

 

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