La iglesia y el mundo necesitan testigos.

La iglesia y el mundo necesitan testigos.

Próximamente iniciaremos un nuevo curso: se pondrá en marcha la pastoral de la Parroquia, colegio, grupos, etc.

Creo que es buen momento para recordar que la Iglesia necesita testigos del Evangelio.

En este mundo nuestro tan descreído y consumista, al mismo tiempo que millones de personas viven en medio de guerras y sufrimientos.

Hacen falta testigos de misericordia, solidaridad y cariño hacia los que nos rodean, especialmente los más débiles: inmigrantes, disminuidos, ancianos, enfermos,…

El Papa Pablo VI lo dijo en la Evangelii Nuntiandi 41:

El mundo de hoy cree más a los testigos que a los maestros, y si cree en los maestros es porque éstos sepan dar testimonio.

Los maestros también son necesarios, pero sobre todo que enseñen con su testimonio.

El Papa Francisco lo ha dicho de manera parecida y más popular:

Menos textos y más testigos. 

Los textos son necesarios, pero sobre todo hacen falta testigos.

Testigos de la fe, esperanza y misericordia.

En el mundo y la Iglesia ha habido, y sigue habiendo, grandes testigos. Muchos grandes testigos son personas anónimas y sencillas, personas de corazón bueno y grande a quienes debemos agradecer mucho.

Las palabras pueden resultar ineficaces si falta el testimonio.

Necesitamos profetas, hombres y mujeres, que puedan experimentar la fuerza del Espíritu y anunciar sin temor la verdad de Dios en sus vidas. El testigo ha vivido en primera persona la verdad, ha sufrido por la verdad (los mártires) y su palabra se hace por eso creíble y confiable, profética, porque anuncia y da testimonio de esa Verdad.

A veces nos da miedo ser profetas porque estamos acostumbrados a vivir en la apariencia engañosa.

Nos preocupa muchísimo la imagen, el qué dirán.

Nos atemoriza ser auténticos y perder con ello prestigio o reconocimiento ante los demás.

Preferimos “callar”, incluso mentir, para evitarnos problemas.

Y Dios nos anuncia la misión de ser profetas y nos llama a ser testigos.

La misión nos impone:

  1. Llevar una vida sacramental.
  2. Conocer, estudiar y practicar día a día nuestra Fe.
  3. Conocer el significado de ser católico, y anunciar con precisión las características y la proyección del comportamiento cristiano.
  4. Estar dispuestos a dar la vida por la Verdad (baste recordar casos actuales como Asia Bibi acusada injustamente de blasfemia contra el Islam, encarcelada en Pakistán y condenada a muerte; los sacerdotes asesinados en los últimos años mientras celebraban la Santa Misa en diferentes partes del mundo; los miles de refugiados en Oriente Medio, perseguidos y desplazados por creer en nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Este curso está marcado por una doble crisis sanitaria y económica. Parece que el virus tardará en irse.

La economía se recuperará lentamente.

Pero con virus o sin él, con economía boyante o precaria, siempre habrá necesidad y pobreza, enfermedad y muerte; personas tristes y solas, en busca de amor y de sentido.

Alguna vez he oído: “tenemos un producto maravilloso, pero no sabemos venderlo”.

Grave error: nosotros no somos vendedores de ningún producto, sino personas que vivimos con un cierto estilo.

Si este estilo aparece, aunque sea mínimamente, el anuncio del nombre de Jesús, el único nombre que puede salvar, vendrá casi de forma espontánea, pues la gente nos preguntará: ¿por qué vives de esa manera?

Nuestra respuesta podría ser: porque pienso de otra manera, tengo otra mentalidad, otro espíritu.

Y así provocaremos la pregunta: ¿de qué modo piensas y por qué piensas así, qué clase de espíritu es este?

Ahí es donde aparece el nombre de Jesucristo.

Necesitamos testigos valientes de nuestra Iglesia Católica, profetas, creyentes coherentes, valerosos, seres humanos capaces de amar hasta la muerte.

Como dice la carta a Diogneto:

Los cristianos en el mundo, somos como el alma en el cuerpo,

la semilla de eternidad.

 

La iglesia y el mundo necesitan testigos.Luciano García

 

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