Los gorriones eran su vida

Los gorriones eran su vida, no paraba de hablar de ellos, hasta me parecía que hablaba como ellos.

Sus palabras salían a borbotones, en una serie interminable, incansable, como un torrente.

Y lo cierto es que era un placer escucharla, porque aquello que decía era su vida, su motivación.

Verdaderamente los gorriones eran su vida.

Sus conocimientos sobre la materia me hicieron sentir como que hablaba con una enciclopedia.

─ ¿En qué piensas? ¿Me estas escuchando?

Sí que estaba escuchando y pensando al mismo tiempo y en medio de esos pensamientos aparecía Alicia.

Sentí calor en las mejillas.

─ Claro que te estaba escuchando, muy atentamente.

─ ¿Ah si? Dime, ¿Qué te estaba diciendo?

Y la anciana se me quedó mirando con cara burlona, como un profesor que sorprende al alumno leyendo una historieta a escondidas, mientras explica la lección.

Así que me tomé el desquite, porque le repetí palabra por palabra todo lo que me había dicho. Sí de algo puedo presumir es de una memoria auditiva espectacular.

Me miró con una cara que me hizo soltar la carcajada y al momento ella se unió a mi risa.

En ese momento apareció Alicia sonriendo.

─ La cena está lista. ¡Vaya! Parece que os lo pasáis “pipa”.

─ ¡Uy! No sabes lo sorprendente que es este muchacho. Me acaba de dejar turulata.

Me levanté diligente para ayudarla, y ella se apoyó cariñosa en mi brazo, al tiempo que me decía muy alegre:

─ Creo que encontré un tesoro.

Y con esa sentencia que me halagaba nos encaminamos hacia la mesa.

El aroma anticipaba delicias. Una espléndida tortilla de patata, reinaba en el centro rodeada de lonchas de jamón y chorizo.

Mientras se sentaba Alba comentó alegremente.

─ ¡Bravo, Alicia! Hoy vamos a darle gusto al colesterol. Esto es en honor a ti barbián, así que ya puedes tener buen apetito, porque a mi sobrina le disgusta que sobre comida.

─ ¡Tía, no seas mala! ─Al tiempo que decía esto, Alicia se ponía colorada como un tomate.

La verdad es que me comporté como si fuera de casa, hasta el punto de que limpié el plato con el pan.

Después de la cena tomamos té. Al cabo de un rato Alba se excusó, estaba cansada y quería irse a la cama.

Quedamos en vernos por la mañana, yo me acercaría a buscarla para subir al Castro.

Ya me despedía, cuando Alicia me dijo que me acompañaba al portal, pues tenía que bajar la basura.

Esperé unos minutos por ella, mientras ayudaba a meterse en la cama a su tía.

Cuando bajamos en el ascensor, un cuadrilátero diminuto, no sabía donde poner los ojos.

Fuimos hasta los contenedores del reciclado. Y una vez que hubo vaciado las bolsas, Alicia me habló:

─ No sé como darte las gracias. Nunca había visto a mi tía tan contenta.

─ ¿Darme las gracias? Soy yo el agradecido. Alba es un encanto y tu…

Ahí me quedé sin palabras. Me convertí en una estatua mirándola como un perrito abandonado.

─ ¿Te importa si damos un paseo?

Echamos a andar bordeando el Castro, uno al lado del otro, en silencio. Luego subimos la cuesta hasta los yacimientos arqueológicos.

─ León, tengo que decirte algo. Tu encuentro con mi tía no es fruto de la casualidad.

─ ¿Qué?

Había anochecido. El cielo se veía de un color azul oscuro y la luna asomaba tímidamente.

No entendía nada. ¿Qué era eso de que mi encuentro con Alba no fue casual?

La miré fijamente esperando una explicación.

Entonces poco a poco me lo contó todo.

Alba llevaba tiempo muy preocupada porque toda su labor, su comunicación con los gorriones, podría quedar en nada.

Ella sabía que no le quedaba mucho tiempo. Su corazón estaba muy cansado. En cualquier momento podía detenerse.

Entonces me vio a mí. Me observó durante varios días. Luego le pidió a su sobrina que me investigase.

Alicia era una consultora de SAP con más de 20 años de experiencia. Dominaba las redes sociales y era experta en búsquedas por internet.

En poco tiempo tuvo todo mi historial, que no era mucho.

Alba estaba convencida de que yo era la persona adecuada para recoger todos sus conocimientos sobres los gorriones y ponerlos en práctica.

Resumiendo, ella confiaba en yo aprendería en poco tiempo a hablar con los gorriones y entonces toda su investigación no se perdería.

Por eso se hizo la encontradiza conmigo y puso en marcha sus dotes de seducción para convencerme.

Mi primera experiencia con los gorriones le pareció muy satisfactoria.

Cuando terminó de hablar Alicia, habíamos llegado hasta el monumento a los galeones de Rande.

El espectáculo de la ría en aquella noche de luna llena, después de todo lo que me había dicho la sobrina de Alba, se me antojaba como una respuesta de insuperable belleza, que venía a darle sentido a mi vida.

Hasta ese día yo deambulaba por la vida sin rumbo, ni siquiera sabía si buscaba algo.

Y de pronto alguien me había encontrado y esperaba de mi la continuidad de un logro científico, algo con lo que nunca hubiera soñado.

Alicia estaba delante, apenas iluminada por la tibia luz de las farolas.

La sentía anhelante, esperando que dijera algo.

Y entonces me dejé llevar de un impulso y la abracé emocionado, al tiempo que mis ojos se llenaban de lágrimas.

Solo pude balbucear en un susurro:

─ ¡Gracias!

 

Los gorriones eran su vidaJesús Muñiz González

4 thoughts on “Los gorriones eran su vida

  1. Bonito cuento, no exento de datos reales sobre los gorriones, que desde pequeño, siempre me han admirado.
    Estos pajaritos siempre me llamaron la atencion, por su porte poco o nada vistoso, pero siempre con nosotros en medio del asfalto de las ciudades más grandes, a los pueblos más pequeños y recónditos.
    Me gusta verlos y oirlos, pues desde mi punto de vista, nos estan mostrando algo de lo poco que nos va quedando de la naturaleza en las ciudades.

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