Mantenedores de la limpieza y el decoro

Mantenedores de la limpieza y el decoro es un título que nunca olvidaré.

Y continúo con la historia de los tinteros.

Tras el primer momento, al darse cuenta del desaguisado, se contemplan como pasmarotes, y llega el profesor.

—¿Qué pasa aquí?

Unos se lo toman a risa, a otros no les entusiasman las manchas en la ropa.

Piensan en la vuelta a casa.

Mis tripas se agitan con el delicioso placer de la venganza, más sabroso al compartirlo.

Vienen las explicaciones, primero confusas y agitadas, luego llega la calma y con ella las averiguaciones.

Mantenedores de la limpieza y el decoroLa conclusión final es sencilla.

Algunos han observado que salimos los últimos de la clase y nos adjudican el honor de ser culpables.

¡Qué importa! No hay castigo que amargue la entintada venganza.

El profesor se muestra filósofo y humorista.

—Deduzco vuestra bondad en atender las necesidades de vuestros compañeros, evitándoles el trabajo de rellenas los tinteros.

Seguro que se os hace insoportable ver los pupitres en tan lamentable estado.

No os privaré del placer de eliminar todas la manchas de tinta.

Seguro que no os importa sacrificar vuestros recreos en favor de vuestros compañeros.

Yo os nombro “mantenedores de la limpieza y el decoro del aula de tercero”.

Nos veíamos sin recreos hasta fin de curso. Nuestros compañeros se hartan a reír.

Al día siguiente llegamos abastecidos de lija, hojas de afeitar, trozos de vidrio y navajas: todo lo que pudimos traer de casa a escondidas.

A la hora del recreo, el pitorreo es de escándalo.

Todavía resuenan las risas burlonas.

Son como latigazos sobre el dorso desnudo atados al poste de los condenados con un sol despiadado.

Esto es peor que el castigo.

Acordamos fingir, aparentar que nos divierte el trabajo de limpieza.

Cuando vuelven del recreo, nos encuentran silbando, pasando la lija como si estuviéramos puliendo una obra de arte.

Siguen con la guasa, pero no todos.

Al otro día, algunos se quedan rezagados mirando, sin decir nada.

Andrés pule una mesa con un trozo de vidrio, separándose y contemplando el efecto de lejos.

Juan, con la navaja devasta asperezas y yo lijo con cara de maestro ebanista, lentamente, con sumo cuidado.

Al cabo de unos minutos uno explota…

—¿Me dejas lijar un poco?

—No puedo. Tareco (era el mote del profesor) dijo claramente que nosotros, ¿Y si nos cae otro castigo por dejarte? Por nosotros no habría problema, pero…

—No pasa nada. ¿Qué va a decir? Anda, jo…

—No, de verdad, no insistas.

Pero él insiste, tanto y tan persuasivo que al final nos “convence”, invitándonos a regaliz.

Otro nos regala tebeos y un tercero chocolate.

En tres días todos nuestros compañeros trabajan afanosamente, incluso en nuestras mesas, dejándolas como nuevas.

Hasta se permiten el lujo de encerarlas, en cuanto lo sugerimos.

Nos empachamos de golosinas, con las que compran su derecho a cumplir nuestra sanción.

Fuimos los mejores mantenedores de la limpieza y el decoro en la historia del colegio.

Aquel castigo es un dulce recuerdo y una lección aprendida.

Esta vez salí bien parado de las burlas, pero no siempre el desenlace fue feliz.

Me frustraba tanto que se burlaran de mis gafas.

Me veía capaz de superarlo todo, menos la miopía.

Aun así, gracias a mi empeño, conseguí el afecto de algunos y el respeto de todos.

El colegio dejó un balance positivo en mis recuerdos.

No fue esta la única valla que pinté con agrado.

Termino de limpiar con la gamuza el viejo tomo de mi querido Tom Sawyer.

Lo deposito con cariño en otro estante, en buena compañía, la del mismísimo Robinsón Crusoe, más viejo y más sobado aún.

Dentro está la fecha, tenía entonces nueve años, estaba yo con mi tía…

—¡Papi, que dice mami que ya está la comida!

¡Vaya!. Si ya se fue la mañana, y sólo ordené tres estantes.

Bueno, después de comer me pondré, un ratito…

 

Jesús Muñiz.

Los tinteros

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