Para qué me sirve ser cristiano

Para qué me sirve ser cristiano es una pregunta que algunas personas se hacen. Dicen que no ganan nada con serlo. Habría que tener claro qué nos ofrece la vida cristiana para no crearse falsas expectativas.

Es posible que en momentos de cansancio, frustración o desconsuelo se cruce por la cabeza una pregunta tan punzante: “Pero entonces, ¿para qué me sirve ser cristiano?”

Se puede plantear con tonos muy distintos: rebelde, desafiante, desanimado o dolorido. Del tono en que se haga y de la respuesta que se le dé, dependerá en muchos casos, qué tipo de cristiano se sea o que se deje de serlo del todo.

Hay otras preguntas equivalentes. Por ejemplo: ¿para qué me sirve creer en Dios (o amarlo, o rezar…)? ¿Qué gano con ir a Misa (o si me confieso, casarme por la Iglesia…)? Y un largo etcétera de otras similares.

Una pregunta importante, que va a la raíz de la propia identidad cristiana: ¿para qué soy cristiano? ¿Qué espero del cristianismo? ¿Qué me ofrece?

Una primera respuesta rápida:
Cara a esta vida, y en clave materialista, posiblemente ser cristiano sirva de poco.
Nosotros esperamos otra cosa mucho más grande: la felicidad perfecta en la vida eterna.

Ser cristiano, en principio, no nos proporciona más salud, ni más dinero, ni mejor carácter, ni se nos garantiza el éxito profesional o deportivo o familiar…

Obviamente vivir como Dios nos pide  nos hará mucho bien. Pero no radica en esos bienes la razón del ser cristiano.

El asunto del fin último

Quien busca, por encima de todo, como objetivo de su vida, cuestiones que ocurrirán antes de su muerte (ser valorados, triunfar profesionalmente, ganar dinero, pasarlo bien, disfrutar de bienestar… o cualquier otra cosa por el estilo) posiblemente encontrará en el cristianismo un obstáculo para sus objetivos.Para que sirve ser cristiano

Pero los cristianos (si hemos entendido bien qué es el cristianismo) no somos cristianos con expectativas solamente terrenales; es decir, para conseguir beneficios materiales o simplemente temporales.

Con San Pablo estamos convencidos que “si sólo para esta vida tenemos puesta la esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres” (1 Cor 14,19). Es decir, que seríamos muy tontos si fuéramos cristianos primariamente con la esperanza de ventajas para aquí abajo.

Promesa de vida eterna.

Cristo no es un Mesías temporal: promete la vida eterna. El cristianismo es una gran promesa: pero no una promesa chiquitita sino una promesa divina: de plenitud, de gloria, de unión con Dios, de divinización en la participación de la misma vida divina. Una promesa que trasciende absolutamente esta vida.

Jesús lo repite una y otra vez en el Evangelio: “la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,40);
“Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54); “Quien cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3,36).

Aquí no hay engaño: no son ventajas temporales lo que se nos ofrece. El cristiano no busca de Dios primariamente bienes temporales, de los que –para empezar–hay que estar desprendidos para seguir a Cristo.

Los bienes temporales no deberían ocupar el primer sitio en nuestras peticiones e intereses. Y cuando los pedimos y buscamos, lo hacemos siempre subordinados a los bienes espirituales y eternos.

La eternidad llena de contenido esta vida

La vida del cristiano aquí en la tierra está tejida de sucesos temporales y eternos. Nuestra vida transcurre en el tiempo, pero lo trasciende: se “mete” en la eternidad.

La esperanza de la vida eterna no pone la mirada en un futuro lejano, sino que impregna la vida cotidiana. No es una huida de los problemas de esta vida, refugiándose en un posible mundo futuro, en el que se encuentra un relativo consuelo. No lleva a despreocuparse de las cosas de la tierra, sino que nos ocupemos de ellas por un motivo más elevado.

¿Un cristianismo materialista?

Un cristianismo materialista –en el que se recurre a la religión sólo en busca de beneficios temporales, incluyendo una vaga esperanza futura– no se sostiene.

Cuando fallan las expectativas…

En nuestros días no es raro encontrar personas que se siente defraudadas por Dios y por el cristianismo.

Quienes primariamente esperaran beneficios temporales de la religión, es posible que terminen desencantados con Cristo.

Entonces, ¿para qué me sirve rezar?

Rezar siempre sirve. Principalmente para unirnos con Dios. Cuando pido algo no trato de “cambiar” la voluntad de Dios, de convencerlo de que me haga caso, de que tengo razón.

Dios escucha siempre. También cuando no entiendo, cuando no puedo escucharlo, cuando me duele, incluso cuando me enojo. La fe incluye confianza: y esto le da sentido al dolor, enseña a santificar la cruz.

Dios ama siempre, también cuando no me da lo que le pido. Dios no se equivoca nunca, tampoco cuando parece que “piensa” distinto que yo, o no lo entiendo.

Dios no falla. No puede fallar: si es Dios, lo es de verdad.

Rezo porque amo a Dios. Porque sé que me ama y quiere lo mejor para mí.

Rezo confiado en su voluntad y en su amor. Sé que no me falla, tampoco cuando me toca sufrir, tampoco cuando no me concede lo que le pido: porque entonces me concede algo mucho más valioso cara a la vida eterna.

Rezo para unirme a El: lo busco porque quiero estar con Él, encontrar su ayuda, su consuelo, se amor, su paz, su ayuda para ser mejor hijo suyo.

Conclusión

No te hagas esta pregunta porque no tiene sentido. Y cuando se te cruce por la cabeza, respóndele con generosidad, rechazando los planteamientos mezquinos que supone.
Al mismo tiempo debes saber que ser cristiano sirve “demasiado” (¡es lo único necesario!).

 

Luciano García Medeiros

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